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Me permitiré el gusto de escribir una entrada temprana para hablar de la reconstrucción de Notre-Dame. He de confesar que cuando vi la noticia del incendio, aproximadamente una hora después de que este empezara, sentí una profunda tristeza. No solo por el puro egoísmo de no haber visto nunca esta maravilla arquitectónica. Como amante del arte, opino que este incendio ha hecho cenizas una parte de la historia de nuestra cultura.

Más de 800 millones de euros cayeron rápidamente sobre la capital francesa, la mayoría provenientes de grandes fortunas y potentes empresas. ¿Podríamos calificarlas de donaciones completamente selectivas? Yo diría que sí.

Un monumento arquitectónico no debería nunca sobrepasar el poder ayudar a personas de carne y hueso. Incluido un monumento de la importancia de Notre-Dame.

El hecho de que hayan llegado fondos tan elevados inmediatamente después de este incendio me hace cuestionar cuáles son las prioridades de la sociedad. ¿Una famosa catedral gótica o las muchas civilizaciones que mueren por falta de aquello esencial para subsistir?

Sumas vertiginosas de dinero entregado con un solo clic. De ésto estamos hablando. ¿Qué estarán pensando todos aquellos que, sin hacer falta irnos a otros países, están pasando situaciones económicas peliagudas? Yo no estaría muy contenta. Sentiría más que nunca la diferencia entre ricos y pobres, entre aquellos que pueden permitírselo todo y aquellos que no.

Dejo aquí este tema sobre el que reflexionar. Supongo que en realidad me pregunto sobre la ética de la situación. No seré la única que se encuentra con sentimientos contradictorios: el dolor por la pérdida de un edificio histórico y la posible «injusticia» que se entrevé en las alarmantes donaciones para su reconstrucción.

Mireia Planas Sucarrat